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 Mágico el concierto de Fabián el viernes. El de León, a la luz de las velas y sin micrófonos, se ganó el corazón de los privilegiados asistentes con una colección de canciones preciosas que nos dejaron uno de esos recuerdos que nunca se borran.
Nuestras vidas están llenas de asignaturas pendientes, y pocas sensaciones se acercan a la satisfacción que produce el poder tachar alguna de ellas de nuestras listas. Llevaba años esperando la oportunidad de ver un concierto de Fabián, y cuando vi la bonita iniciativa de Mundoactúa y sus conciertos bajo las velas no me lo pensé, una noche tan especial bien valían un buen puñado de kilómetros... Desde el preciso momento en que entré en la Tetería Basma sabía que la noche iba a ser especial. Una pequeña escuela de danza oriental, con espejos, pañuelos, cojines y el olor del incienso inundándolo todo. Los algo más de 30 afortunados nos reunimos en una pequeña sala, sentados en curiosos bancos algunos, y en cómodos cojines la mayoría, esperando que la poca luz que había se desvaneciera y nos dejara a solas con Fabián, que no se hizo esperar... Acompañado únicamente por su guitarra y una cerveza, el de León comenzó un concierto que me arrancó del mundo real para tenerme levitando durante un tiempo indefinido. Porque, siendo sincero, ni sé cuánto tiempo estuvo cantando ni cuántas canciones nos regaló con exactitud, la única certeza que tengo es que salí de la tetería con la sensación de haber asistido a uno de los mejores conciertos de mi vida, el más especial sin ninguna duda. Ver cómo canciones como Páginas Tuyas, Horizontes, Atardeceres o Mis calles de arena tomaban forma delante de mí es sin duda uno de los mejores momentos que hasta el día de hoy me ha dado la música, y es que llevaba toda una vida esperándolas... Su voz, delicada y precisa, no sólo llenaba cada centímetro cuadrado de la sala, también los corazones de todos y cada uno de los ensimismados espectadores. Fabián repasó en profundidad Espera a la primavera y Adiós, Tormenta, y además tuvo el detalle de ofrecernos algunos temas aún no publicados como Oh María, El invierno perfecto o 17 que, quién sabe, quizá le den forma a un nuevo trabajo en el que ya está pensando. Además, por si esto fuera poco, el bueno de Pablo Ager le acompañó con su voz y su guitarra y se marcaron Palabras raras en un precioso dúo...

Todo sonó perfecto y emotivo, en un ambiente de respeto muy difícil de encontrar en estos tiempos. Tal era el silencio que acompañaba a cada canción de Fabián, que incluso no me atrevía a toser ni a tragar saliva, por miedo a ensuciar esa pureza que se respiraba. Cuando la noche terminó y la electricidad volvió a hacer acto de presencia, la vuelta a la realidad fue dura. No me habría importado quedarme allí toda la noche, hipnotizado, maravillado, feliz... Sobre todo feliz. Y es que, en una noche amenazada por la ciclogénesis explosiva, Fabián consiguió ahuyentar tormentas a la luz de las velas, y yo nunca lo olvidaré.
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