Piel sonora
Escrito por Juanma Fernandez    Lunes, 07 de Diciembre de 2009 11:25    PDF Imprimir E-mail

 Y es que unos señores ingleses dicen que han descubierto que la piel actúa como un segundo oído. Resulta que aquello que nos plastifica puede captar sonidos a través de las corrientes de aire. Esto, a primera vista, es magníficamente poético; los más osados metafísicos, enemigos de la bioquímica, dirán que esta es la explicación al por qué se nos eriza (la piel, se entiende) con ciertas canciones. Ésta, con su sensibilidad auditiva arrastrada por el viento, los levanta y los pone a bailar.
Pero no estamos en tiempos dignos de poesía. Y de lo no terrenal donde más saben es en el tercer mundo, pues allí hay más gente en el bajo tierra del cielo que en superficie. Así que me pongo a pensar, y mientras miro a mi indefenso reproductor mp3, que descansa en el escritorio, enrolladito en su cable para no pasar frío en invierno, una tenebrosa idea recorre mi cerebro.
Empiezo a pensar en los fabricantes de este tipo de aparatitos. Todos ellos encerrados en un edificio gigante, gris, con muchas ranuras de ventilación, mesas color madera barnizada y corbatas de los 80´s de esas que se sujetan sin necesidad de hacer un nudo. Allí, satisfactoriamente recluidos, empiezan a maquinar un terrible reproductor para la piel del que nazcan dos cables con agujas al final. Piensan en como venderlo, como convencer a la gente de que dos pinchacitos de nada suponen una calidad de sonido magnífica.
La sensación de terror aumenta, porque todos hemos visto esos auriculares (que curiosa palabra, auriculares) gigantes que se venden ahora para escuchar el iPod de turno como si estuvieras en un auditorio. Y empiezo a pensar en agujas más y más grandes. Y en que cuando sea un poco más viejo seré un retrogrado antitecnológico por no querer hacerme la punción lumbar del sonido portátil. Así que reflexiono.
Creo que será mejor dedicar la música a los oídos; al menos mientras la piel mantenga la sagrada labor de rozar antes que pensar. En un mundo con cabeza pero sin corazón. Cuestión de preferencias, supongo.

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